2018 Perú (II)

Lima-Villa Rica (no, Oxapampa.  415 k)

   Lima despierta, las calles comienzan a llenarse de tráfico, pero espero dejarla atrás antes de que ese tráfico retrase mi salida. En el primer cruce un poco complicado, me hago un lío con las indicaciones de mi viejo GPS y me paso un desvío que debía haber tomado, mal empezamos. Todavía dentro de la ciudad termino dentro de una autopista tipo Sudamérica, es decir con salidas e incorporaciones tanto a izquierda como a derecha, y además es de peaje. Al llegar a la barrera, el tipo de la caseta me dice qué hago allí, que las motos no pagan pero tienen que pasar por un lateral. Evidentemente, lo del pago y lo del paso lateral, es algo que yo debía saber, o haber recordado, pero no hay nada que lo indique, o por lo menos no lo he visto. Me es imposible retroceder, ¡menuda cola tengo detrás!, por lo que me ofrezco a pagarle el ticket como si fuera un coche y que me abra la barrera. Dice que no puede hacer eso, pero acto seguido levanta la barrera y sin cobrarme nada me indica que pase.

   En el barrio de San Juan de Lurigancho la circulación está detenida, hay obras, desvíos, atascos…Recuerdo que me han advertido que es uno de los distritos más peligrosos de Lima, por supuesto que el entorno indica que no es un barrio de clase alta . Un coche intenta meterse por mi derecha, su paragolpes delantero está a escasos centímetros de mi bota, al moverse la circulación el tío insiste en meterse por donde no hay espacio. Le meto un bocinazo y el método ¡¡funciona!!, paso yo primero.

   Hace más de  2 horas desde que salí del hotel y según el marcador he recorrido unos 20 k, ¡menuda media estoy sacando!, pero poco a poco voy dejando atrás la ciudad, aunque continúo atravesando zonas pobladas y el tráfico sigue siendo un continuo arrancar y parar. También me lo habían advertido, hasta que no me aleje unos 60 k de Lima la carretera no estará despejada. Paro a llenar el depósito, por la rotulación de  la gasolinera parece que estoy en España, no así por el precio del litro de combustible, poco menos de  0.80 euros/litro.

   Para mi alegría, a partir de un pueblo llamado Chosica el tráfico desaparece, llega la hora de relajarme un poco. El cielo está nublado y la temperatura sobre los 12º. El asfalto está bastante bien y lo mismo la anchura de la vía. Encuentro un peaje (en Perú son habituales los peajes en las carreteras normales) pero ahora ya sé por dónde me tengo que meter para evitarlo. Rápidamente la carretera comienza su camino hacia el cielo. La ascensión hacia el Abra Anticona es bonita, las montañas enormes, al contrario de la temperatura que noto como comienza a bajar. De nuevo estoy cruzando Los Andes. Hace un año, en el paso Libertadores que une Chile y Argentina, una ventisca de nieve me tuvo retenido unas horas y al despedirme de Los Andes les dije:  “volveremos a vernos, pero espero me recibáis con mejor clima”.

  En la parte más alta del Anticona hay un cartel indicando que estoy a 4.818 m aunque el GPS no está de acuerdo y marca unos 50 m más y el termómetro de la moto baja hasta los 3º. Paro a ver el paisaje y noto un leve “soroche” (mal de altura), no es extraño, en poco más de 4 horas he pasado del nivel del mar hasta aquí. Un hombre se acerca a venderme algo similar a cacahuetes metidos en una bolsa, aprovecho y le pido que me haga alguna foto.

   Aquí arriba se encuentra la estación de tren llamada Ticlio, un cartel indica que es la estación situada a más altura del mundo. Eso era verdad hasta el año 2006 en que los chinos hicieron la vía férrea que va a Lhasa y la arrebataron ese récord.

   El descenso es muy bonito, con curvas amplias y con el añadido que la temperatura va subiendo y mi soroche desapareciendo, aunque sigo por encima de los 3.500 m. Al pasar un cerro me quedo sorprendido por el valle que aparece ante mis ojos. Está todo colorido y lleno de plantaciones de flores, lógicamente el valle es conocido como  “de las flores”. A pesar de estar a 3.050 m de altitud, parece ser que tiene un clima especialmente benigno y por eso se dan las condiciones para estos cultivos. Además he llegado en el mejor momento, la primavera ya está avanzada y según me cuenta una mujer, cargada con un saco lleno de flores, están ya empezando a cortarlas  para la festividad de Todos los Santos del 1 de noviembre.

   Va siendo hora de parar a comer algo y al final del valle encuentro un pueblo muy animado, es Tarma. A ambos lados de la carretera se alinean  pequeñas casas de comida y paro en una. Pido un menú, que consta de un gran tazón de “caldo de gallina”, que me sabe a gloria, y lleva fideos gruesos, maíz, trozos de carne…, y otro plato de lomo guisado, eso más un jugo de papaya y un refresco me cuesta  10 soles (menos de 3 euros). Allí mismo pregunto cuánto se tarda a Villa Rica, mi supuesto destino de hoy, me dicen que unas 4 horas, “pero con esa moto lo hace en 3”. Contesto a la mujer que no, que yo tardaré como unas 5, ya que voy tranquilo y hago muchas paradas. Miro el reloj y veo que no puedo entretenerme mucho, es la una y aquí anochece sobre las 6, no me va a sobrar mucho tiempo.

   Adelanto un par de motos con matrículas peruanas cargadas con equipaje, son de fabricación china y de baja cilindrada, y son los primeros que veo que también estén viajando en moto. El camino sigue siendo bonito, curvas, buen piso, muy poco tráfico y el aumento de temperatura y la vegetación, cada vez más verde y frondosa,  indica que dejo atrás la sierra (Los Andes).  Un cartel indica que ya estoy entrando a la selva central, cuando estoy allí detenido llegan los de las dos motos de antes, paran y hablamos un poco. Son de Lima y están haciendo una ruta de pocos días, hoy  van hasta La Merced y se quedarán a dormir allí. Nos hacemos unas fotos  y nos despedimos, aunque yo viaje tranquilo, ellos todavía van más lentos.

   Atravieso pequeños pueblos, San Ramón, La Merced, Pueblo Pardo y veo que ahora todo es diferente, las construcciones, el aspecto de la gente, la carretera más estrecha…Paro en San Luís de Shuaro, un indicador señala a la izquierda Villa Rica, a la derecha Oxapampa, y recuerdo que cuando estuve mirando dónde terminar la etapa de hoy, en Oxapampa había más hoteles, aunque la verdad es que queda un poco desviado de mi ruta. Después de tomarme un jugo, cambio de opinión, me olvido de Villa Rica y tiro para Oxapampa. Como siempre,  pregunto cuánto demora llegar hasta ella, según el GPS sólo son 35 k, pero me dicen que se tarda poco menos de hora y media, y como casi siempre tienen razón.                                                                                                        

   Subo varias montañas, hay muchas curvas cerradas y el camino es estrecho pero precioso. En algunos puntos hay pequeñas caídas de agua que cruzan la carretera, pero que paso sin ninguna dificultad. Oxapampa fue fundada a finales del siglo XIX por una comunidad austro-alemana, por eso muchos alojamientos tienen nombres alemanes. Por Booking veo uno que me interesa, voy derecho a el. Me ofrecen habitación y desayuno por el equivalente a 23 euros, pregunto por un bungalow que tiene muy buena pinta, “esos cuestan 25” , la elección está bien clara. El desayuno es a partir de  las 7 y 30, como quiero salir más temprano amablemente me dicen que prepararán  una bolsa con el mismo y así podré  desayunar y marcharme antes de  esa hora. También me comentan que mañana, para ir hasta Villa Rica, no tengo que desandar el camino. Tengo que tomar un atajo, es una  trocha de 31 k y que va por la montaña. Me dicen que está en buen estado y es muy bonita, y que en hora y cuarto estaré en Villa Rica.

   Salgo a dar una vuelta y a cenar, hablo con la gente y me cuentan acerca  de la fundación de Oxapampa. Pregunto si después de tantos años la población original está mezclada con la autóctona, me contestan que sí, aunque veo bastantes personas de cierta altura, con la piel, los ojos y los cabellos claros. Me doy cuenta que llevo 4 días en Perú y todavía no he tomado ningún “pisco sour”, la bebida nacional y eso no puede ser. El “pisco sour” principalmente lleva  pisco (aguardiente de uva), zumo de lima, azúcar e hielo muy muy picado, y la verdad a mi me encanta, además me sienta bien a cualquier hora del día. Conviene no olvidar que, aunque su sabor es muy agradable  y se beba con facilidad, el pisco tiene una alta graduación alcohólica…no hace falta decir más.

Oxapampa-Tingo María  (520 k)

   Esta noche ha llovido pero el día amanece soleado, esto siempre anima a empezar la jornada, que por otra parte, en teoría,  va a ser de las más intensas del viaje, ya que es la más larga y además con bastante trocha (camino no asfaltado). La trocha no parece excesivamente complicada, al menos al principio esa es la impresión. Al ir por las montañas el paisaje es muy bonito, voy disfrutando, aunque como el día va a ser largo, intento no hacer muchas paradas para tomar fotos, por si al final de la jornada me arrepiento de haber acumulado mucho retraso. Los últimos 10 k antes de Villa Rica, la cosa ya se complica, al menos para mi nivel.

   Son de pronunciado descenso, con mucha piedra suelta, se vuelve  muy estrecha y tiene mucha curva. Tengo un par de sustos que me hacen recordar que viajo solo  y no puedo, o no debo, tener ningún percance. Y además la moto, con las 3 maletas cargadas, pesa lo suyo y en este terreno es donde más lo noto.

   En Villa Rica lleno el depósito, me esperan unos 125 k por otra trocha que sigue por la “selva alta” (de montaña). En la gasolinera me dicen que hasta Puerto Bermúdez, donde comienza la “selva baja” (llanura), se tarda unas 4-5 horas. Desde allí hasta Tingo María ya hay pista (asfalto), eso en teoría porque no me  aseguran que esté todo asfaltado…

    El calor aprieta, casi 35º, y lo mismo la humedad ambiental, a ello se suma que la trocha no es tan fácil como la anterior y que tampoco puedo hacer muchas paradas a descansar, quiero llegar antes de que se haga de noche a Tingo María. Cruzo algunas pequeñas aldeas en las que parece no vivir nadie, todo el paisaje es pura selva, bonita pero con tanta vegetación no se ve más que verde y verde y muchos ríos que cruzar, por suerte la mayoría de las veces hay un puente para hacerlo. Me creo que voy a buen ritmo y que haré los kilómetros de trocha en menos tiempo del que me han dicho.

   Encuentro muy pocos vehículos, así que cuando veo a una pareja cargando piñas en una camioneta paro a preguntar. Adiós a mis ilusiones, según ellos todavía me quedan unas ¡¡2 horas!!. Más adelante, a la salida de una curva casi me trago una furgoneta que está detenida. Se le ha partido un trapecio de la suspensión, nada extraño manejando por estos caminos que hasta las cabras se lo pensarían dos veces antes de meterse por aquí. El hombre me pegunta si tengo una llave  20-22, la más grande que llevo es la 12-13. A pesar de ir justo de tiempo le echo una mano y con su  llave inglesa y un destornillador grande haciendo de palanca, conseguimos aflojar una de las tuercas de la pieza rota, para la otra va ser imprescindible la llave de 22 m.m. Me despido de él, pero antes le digo que detrás vendrá una camioneta, la de las piñas,  y que quizás ellos le puedan ayudar,  o al menos llevarle hasta Puerto Bermúdez.

 En una parte del recorrido me llevo un par de “sorpresas” con la aparición de camiones grandes. No sé que habrá por aquí cerca, obras, canteras o yo qué sé, pero me toca aflojar un poco e ir más a la defensiva. Sigue haciendo mucho calor y humedad, voy totalmente empapado y, claro,  tengo que hacer más paradas para beber agua.  

 A la salida de Puerto Bermúdez no hay ni rastro del asfalto. Lógicamente, después de tantas horas ya voy un poco hasta ahí de tanta trocha… Lo único que encuentro es un puente de madera con mal aspecto. Veo que llega un 4×4 y espero que pase él primero, por supuesto lo hace sin pensárselo dos veces.

  Unos 10 k después se obra el milagro, de pronto me encuentro una carretera casi terminada. Recién asfaltada, amplia y al discurrir ya por la selva baja, hay muchos tramos en los que es una larga recta. Aquí puedo ir rápido y  espero recuperar parte del tiempo. Aunque todavía hay tramos en obras y no conviene bajar la guardia.

   En Puerto Pachitea me doy cuenta que desde el desayuno no he comido nada. Paro, abro el top case y compruebo que el traqueteo de la trocha y el calor han hecho su trabajo, y además a conciencia. Las cosas pequeñas que no estaban dentro de la bolsa, están todas revueltas, incluso la propia bolsa está dada la vuelta. Unos plátanos que compré ayer (entonces estaban duros) se han hecho una papilla. Tengo prisa. no tengo ganas de andar buscando la navaja, sabe Dios dónde estará, y hacerme un bocadillo, además sigo teniendo ganas de beber ( a ver si es por causa de los piscos de anoche…), por lo que en puesto  me tomo un jugo de algo que no había probado nunca,  y está rico. Es un jugo  de cocona, un fruto que abunda mucho en esta parte de la selva. Vuelvo a la carretera con fuerzas renovadas y es un gustazo, toda para mi solo.

    Pero aparece un problema, entre la conducción por la trocha y la velocidad que llevo ahora, el marcador de la gasolina baja muy rápido. Se enciende la reserva y todavía me faltan más de 60 k para llegar a un sitio llamado Alexander Von Humboldt, donde ya enlazaré con la nacional que me llevará hasta Tingo María, y que imagino será donde encuentre una gasolinera. Pero como me temo que no me llegará, me acuerdo que al pasar por algunos pueblos he visto casas donde pone “Grifo Rural”, es decir son casas donde venden combustible. En el primer pueblo que encuentro paro y pregunto por el grifo rural, “ahí más adelante está, aquella casa blanca” me dicen. Una mujer llena una especie de regadera  y me vende 5 litros.

   En A.V. Humboldt un indicador señala, a la izquierda  Tingo María  195 k y a la derecha Pucallpa 86 k. En este último pueblo es donde muere esta carretera, ya que a partir de ahí sólo se puede avanzar en lancha o en avioneta. En dirección a T. María la carretera vuelve a ser un tobogán plagado de curvas y además con mucho tráfico de camiones, al menos sigue siendo muy bonita. Lo peor es que me temo que llegaré de noche, ah no, eso no es lo peor, lo peor es que comienza a llover , encuentro un tramo en obras y para remate se funde la lámpara de cruce…

  Vale, habrá que tomarse las cosas con más calma, aunque todavía tengo ganas de parar en un lugar muy turístico, es la cascada “El velo de la novia”. Por lo que se vé, está duplicada, antes de Oxapampa había otra “velo de la novia”, aunque aquella estaba seca. Esta al menos tiene algo de agua, aunque nada del otro mundo. Hablo con unos moteros autóctonos que también están allí y me dicen que en pocos días llegarán las lluvias y estará mucho más espectacular.

    Es noche cerrada cuando circulo por las calles de Tingo María. Toda la ciudad está plagada de mototaxis, por lo que voy con mucho ojo, no me fío ni un pelo de ellos. Doy con un hotel en el centro que según Booking está muy bien. Pregunto: ¿hay habitación libre? sí,  ¿tienen parqueadero?  sí y también piscina, ¿precio? unos 22 euros. Me quedo aquí. Aunque es de noche sigue haciendo calor, estamos en selva y a solo 600 m de altitud, así que primero me doy un baño en la piscina y luego salgo a cenar. Todo está muy animado, tenderetes y gente por todas partes. Mientras ceno se pone a llover como lo hace en la selva, es decir a lo bestia.
Mientras espero a ver si esto para un poco, me tomaré algún pisco-sour. En el restaurante suenan “Los hombres G” , la chica que me atiende se mueve al ritmo de la música, “eso también lo bailaba yo cuando tenía tu edad”. Me dice que la lluvia va para rato…Aunque estoy muy cerca del hotel, al final regreso calado (sí, por fuera y por dentro).

   Resumen del día, más de 500 k de ruta espectacular, 12 horas para recorrerlos, casi la mitad por trocha y la otra por asfalto. Para mí ha sido un día un poco duro, tanta trocha llega a cansar y me revienta. Pero ¡¡qué leches!!, el día ha resultado muy bien, y al final hasta la lluvia se ha portado, se ha puesto a llover cuando ya había llegado a mi destino.

Tingo María-Huánuco (126 k) 

    Lo de la lluvia iba en serio, no ha debido parar en toda la noche, incluso llueve mientras desayuno, pero a medida que avanza la mañana, deja de hacerlo. Hoy tengo pocos kilómetros por delante, por lo que antes de marcharme aprovecho para ir a visitar “La cueva de las lechuzas” que está a unos 8 k de Tingo. No voy a ir en la moto, prefiero ir ligero de ropa, y por este motivo pregunto en el hotel si pueden llamar a un mototaxi de confianza. El hijo de una empleada se dedica a ese negocio y pasa a recogerme. Antes de ir a la cueva le pido que me acerque a un par de tiendas en busca de una H-7, la lámpara de la moto que se fundió ayer.

  La ciudad comienza su día a día, las madres llevan a sus hijos al colegio, los mototaxis llenan las calles, la gente acude presurosa a sus trabajos… Nada fuera de lo normal en cualquier lugar del mundo, pero a mí siempre me gusta disfrutar este momento en que las ciudades empiezan a tener vida.  En la segunda tienda que me lleva encontramos la H-7, es de fabricación china y por su bajo precio (poco más de 1 euro) me temo que no será de mucha calidad. Más tarde comprobaré mi sospecha, ya que funcionará cuando la venga en gana. No importa, buscaré otra de mejor calidad en Huánuco.

  Hay que pagar una entrada para visitar la cueva, ya que está dentro de una especie de parque. En la entrada de acceso al mismo un cartel dice, entre otras cosas, “considérese Usted como un individuo privilegiado”, me paro a leerlo y precisamente es lo que creo de mí en ese momento.
 La cueva está bien, es grande, con unas pasarelas para recorrerla y en cierto modo es espectacular, aunque sólo se puede visitar parte de ella. Mientras regresamos a Tingo pregunto a mi conductor acerca de los años duros del terrorismo de Sendero Luminoso, ya que ésta era una de las zonas donde estaban más asentados. Me cuenta muchas cosas, aquí hubo muertes, secuestros, atentados, extorsiones… etc. “La gente vivía con mucho miedo, entonces yo era un niño, pero lo recuerdo bien. No podíamos salir de Tingo, pero el peligro no estaba sólo en la selva, incluso a veces hacían incursiones dentro de la ciudad…Fueron años muy duros”. Al final saco en conclusión que, como cuevas ya he visto muchas, me ha parecido más interesante esta conversación que la propia cueva, aunque para nada me arrepiento de su visita, es grandiosa y merece mucho la pena.

    El cielo amenaza lluvia y no sé si es mejor salir cuanto antes o esperar un poco. A las 12 h. ya me “echan” del hotel, arranco la moto y digo adiós a Tingo María. A los pocos kilómetros un cartel indica “Cascada velo de las ninfas”, ¡otro velo!. Sin estar muy convencido si merecerá la pena, pongo el intermitente y paro. Aparco y un hombre se acerca, pregunto ¿se tarda mucho en llegar a la cascada?, “unos 15 minutos sendero arriba”. Decido dar a la cascada una oportunidad de impresionarme. Como era de esperar está bien, pero no estoy seguro si ha merecido la pena la más de media hora gastada entre subir y bajar por un sendero embarrado. Además en el descenso me he resbalado y caído, he tenido que quitarme la camiseta ya que estaba empapada de sudor y además, con la caída,se ha manchado de barro. Al volver a la moto me toca sacar otra. 

    Más adelante otra parada, a la salida de una pequeña aldea están reconstruyendo un puente y hay un desvío que baja al río. Llego y veo la situación, el cauce presenta una corriente que como me meta allí, sabe Dios dónde acabaremos la moto y yo. Además me fijo en los vehículos que cruzan y según se mueven sus suspensiones, el fondo debe estar lleno de piedras. No es una cuestión de valentía o destreza, simplemente es que intentar cruzar aquello con una moto es querer tener, como mínimo, una caída o que me arrastre la corriente. ¿Qué hago? ¿cómo cruzo?. Lo único qué se me ocurre es esperar que venga una pick-up con la caja vacía, subir la moto y que me cruce al otro lado, eso suponiendo que su conductor quiera perder ese tiempo y que haya alguien más que nos ayude.

  Con estos pensamientos estoy, cuando a mi lado aparece un niño en bici. “¿Va a cruzar?” pregunta, le digo que ni loco, y me dice “¿por qué no va por el puente de las personas?”. Con sorpresa le pregunto yo también ¿es que hay otro puente?  ¿está cerca?  ¿me llevas?. 

   Mientras sigo al niño y su bicicleta, voy pensando en si será verdad que pueda cruzar por donde dice o será una fantasía suya. Pero efectivamente, por una calle de la aldea llegamos hasta un puente provisional hecho de madera. Parece sólido, aunque es muy estrecho, pero aunque tenga que desmontar las maletas ¡vamos que si lo cruzo…! es la única forma que tengo para continuar. Pero no es necesario, la moto entra y sale justa, y en segundos estoy en la otra orilla. Le regalo una gorra, un colgador de llaves y le doy las gracias. El niño me dice que si quiero una botella de agua. Entra en una tienda allí al lado y sale con la botella. No quiere aceptar mi dinero, me dice que la tienda es de su mamá y que es un regalo. Entro, saludo a su madre, la doy las gracias por la botella y la felicito por el chaval tan majo que tiene. Suerte que apareciste en el momento justo, Carlitos.

    Entre ninfas y puentes rotos, sólo llevo hechos unos 50 k, ni la mitad del camino. Al pasar por un pueblo veo tenderetes con plátanos y otras frutas. Decido parar a tomar un jugo, éste de papaya, a hablar con la gente y ver qué se cuentan. Disfruto mucho haciendo estas escalas en los pueblos junto a la carretera, lo malo que tienen que nunca sabes el tiempo que vas a tardar en volver a la ruta.

 Vuelvo a la carretera y no llevo hechos ni 5 k y otra nueva parada…Estos 126 k comienzan a hacerse muy largos.  Lo peor es que esta parada es de forma muy involuntaria.

  De repente de los laterales de la carretera aparecen 3 hombres y una mujer con ropa oscura y sin ninguna identificación. Visten gorra, chaleco, cartuchera, botas altas…y lo peor de todo, tienen armas y hacen ostentación de ellas, vamos, que están equipados con lo que viene siendo el kit guerrillero completo. Se plantan en medio y me ordenan parar a un lado. Sólo estamos ellos y yo, por allí no hay ningún vehículo de policía ni nada similar. Lo primero que me viene a la cabeza es “…ojalá me equivoque, pero esto tiene muy mala pinta. Seguro que como mínimo me va a costar unos cuantos soles, o quizás pueda ser peor que eso…”. Uno de los hombres se acerca, baja su arma hacia el suelo (todo un detalle por su parte) y dice:

-Buenos días, ¿como está?. Somos del ejército peruano (mal empezamos, no me creo nada, sus ropas no presentan identificación de ningún tipo) y estamos haciendo funciones de vigilancia en la ruta para  evitar saqueos a los conductores.

-Buenos días, bien gracias ¿y ustedes?. ¿Es que es peligrosa esta pista?

-Bueno, no especialmente, pero últimamente ha habido algunos asaltos. Incluso hace una semana mataron a un compañero.

   Lo que me cuenta ahora es verdad, aunque sólo en parte. Cuando estoy en un país intento estar al día y echar un vistazo a la prensa, y recordé que en Lima vi en un periódico la noticia de que habían matado a un militar, pero no fue en esta zona, había sido lejos de aquí. Por lo que leí, todos los indicios recaían en guerrilleros del grupo terrorista Sendero Luminoso que todavía actuaban en aquella zona, aunque ahora se dedican al narcotráfico. Mientras me cuenta esto veo que pasan un camión y un coche y a ellos nadie  les manda detenerse, los cuatro nos rodean a la moto y a mí, y parece que sólo les importo yo. Esto me mosquea un poco más ¿seré su presa fácil del día?.

   El hombre continua haciéndome más preguntas, esto más bien parece un interrogatorio:  ¿de dónde viene?  ¿a dónde va? ¿viaja solo? ¿de qué país es usted? ¿de España dice? ¿y entonces por qué la moto tiene matrícula peruana?. Yo intento ser cordial pero sin dejar de estar a la defensiva, sigo sin imaginar cómo va a terminar todo esto… Ya he pasado en otros países por la experiencia de que civiles armados me hayan ordenado parar. Siempre es una incertidumbre a lo qué pueda llevar esa situación en especial durante los primeros minutos,  y nunca resulta agradable.

-Mire jefe ¿no le importaría darnos unos cuantos soles para ayudar a la familia del compañero que mataron?

-Ah, pues el caso es que solo tengo un billete de 50 para echar gasolina más adelante. Si ustedes tienen cambio, con gusto les daré una donación de 10 soles.

   Pregunta a los compañeros y parece ser que entre todos no tienen billetes para darme cambio. Algo extraño.  “Bueno, no se preocupe, no importa, puede continuar. Quizás encuentre más adelante otros compañeros que también le hagan parar”. Ya me siento más tranquilo y relajado, incluso les comento que si lo hacen, les diré que ya me han parado ellos para ver si así no me demoro mucho más. “Puede decirles que ha estado con Álvarez (o algo así), soy el jefe de este grupo, y le dejarán pasar sin problema”. Estoy deseando marcharme, pero como veo que mis temores iniciales han pasado,  les pregunto si puedo tomarles una fotografía. Si les hubiera pedido dinero, no se habrían quedado tan perplejos ante mi petición…Se miran unos a otros y al final ¿Álvarez? ordena que todos posen para una foto, además lo hacen con orgullo y las armas bien visibles. Al final nos despedimos con un mútuo “que a todos nos vaya muy bacán (bien)”.                                       

  No volveré a encontrar ningún grupo de este tipo. Dos días después, contaré a mis amigos de Huaraz todo esto y me darán una explicación que me parecerá cierta.

  Este no será el momento más delicado del viaje, al fin y al cabo, una vez pasado todo, mi miedo inicial nada tenía que ver con la realidad. Mucho peor será el susto que me llevaré días después al sur de Trujillo…Pero ya llegará ese momento.

   Los pocos kilómetros que hoy debía hacer parecen no acabarse nunca, tanta parada hace que la media siga siendo exageradamente baja. Empiezo una ascensión, según el mapa es la que me llevará hasta la cima del Abra Carpish, a casi 3.000 m. Es muy larga, calculo que unos 20 k, empieza a hacer frío, dudo si parar a ponerme los forros térmicos. De repente aparece una densa y húmeda niebla, y ya no hay remedio. Tengo que detenerme, quitarme la chaqueta y el pantalón y montar los forros. El paisaje, lo que la niebla me permite ver, es grandioso, en algunos puntos la carretera tiene unos “hundimientos”, esa es la definición que aparece cuando están señalizados. Son los lugares por donde el agua que cae por las laderas de la montaña cruza la carretera. La mayoría tienen poca agua, pero en ocasiones baja tal cantidad que al cruzarlos ni veo el suelo. Casi en la cima tengo que atravesar un largo túnel, negro como la noche y estrecho, rezo para no ver venir de frente ninguna luz.

   Al final del descenso está Huánuco. Antes de entrar tengo que cruzar un “hundimiento” de los importantes, por mucho que levanto los pies, no puedo evitar mojarme las botas y el pantalón.
   La ciudad se fundó en mil quinientos y pico con el sonoro nombre de  “La muy noble y leal ciudad de los Caballeros de León de Huánuco”. Para mí es grande, en algún lugar leí que tiene 200.000 habitantes,  y a medida que me interno en ella, el tráfico se vuelve una locura. 
   Conduzco derecho a la Plaza de Armas, allí está el Gran Hotel Huánuco, mi destino. Miro el reloj, he tardado  casi 5 horas, pero la etapa todavía no ha terminado… Cuando estoy a punto de meter la moto en el parqueadero, un mototaxi delante mio da un frenazo. Para evitar chocar con él, giro bruscamente a la izquierda, salvo un 4×4 aparcado a ese lado y me meto en el parking del hotel. Bajo, me quito el casco y la señora encargada de la puerta me llama, me dice que un señor (un hombre está junto a ella, pero en la calle) quiere hablar conmigo, ¿me conocerá de algo?. Pues no, evidentemente no es eso, resulta que es el dueño del enorme Toyota aparcado justo al borde de la entrada. Parece ser que al hacer mi maniobra he rozado con la moto en su paragolpes, puede ser verdad ya que el espacio era muy reducido. Comprobamos lo que dice y efectivamente, mi maleta izquierda tiene un leve rayón y lo mismo la parte exterior derecha de su paragolpes, aunque su marca es más evidente y profunda. No quiero tener problemas, el hombre parece educado, razonable y tiene prisa, como yo vamos, y llegamos a un rápido acuerdo. Cien soles (unos 25 euros) pasan de mis manos a las suyas. Tendré que añadirlos a lo que me va a costar pasar la noche en el Gran Hotel Huánuco… 

   El hotel está muy bien, más caro que el de otros días, pero lo merece. La habitación y el desayuno son unos 45 euros. Una vez cambiado pregunto en recepción dónde puedo comprar la lámpara para la moto. Un hombre, que se presenta como el director del hotel, se interesa por mi viaje, le cuento algunas cosas y acto seguido manda llamar al jefe de mantenimiento para que, en un coche del hotel, me lleve a una tienda de recambios en la que me asegura  encontraré la lámpara. Y efectivamente así es. Al regresar,  el hombre que me ha acompañado pregunta si necesito ayuda para cambiar la bombilla, se lo agradezco, pero  le digo que no es necesario, y le doy unos soles de propina. Gran detalle por parte del director eso de poner a mi disposición al jefe de mantenimiento.

   En la misma plaza está la catedral, es de nueva construcción, y como durante todo el mes de octubre en Perú se celebra “El Señor de los milagros”, en su interior hay una misa especial,  y el sábado, como en muchas ciudades peruanas,  habrá una gran procesión.

   Al saber que estoy en Huánuco, mis amistades de Lima me envían varios mensajes recomendándome visitar 2 lugares inevitables en la ciudad, bueno en realidad son 3, pero uno es para mañana. Los dos primeros están situados en una bocacalle de la plaza. Uno es un bar de tragos llamado la Shactería, lo localizo y me tomo un “jala-jala”, que me cuentan es un macerado de eucalipto, limón, hierbabuena, maracuyá y no sé qué clase más de aguardiente, pero el caso es que está riquísimo. Y el segundo es  un sitio para cenar, el Huapri, donde sirven la mejor “salchipapa” de la ciudad. Pues ya es la hora, vamos allá.                                                                                           Todas las mesas están llenas, señal que es sitio muy popular. Veo que la gente hace cola de a uno ante un mostrador y pregunto para qué. Hay que comprar un ticket por lo qué vayas a tomar y beber,  así que es lo primero que hago y luego a esperar una mesa libre o que alguien te permita sentarte a ella. Hay una chica, Patricia se llama, que también está en mi misma situación. Empezamos a hablar y decidimos que cuándo quede una mesa libre, la compartiremos. 

   Mientras cenamos nos contamos los motivos de nuestros respectivos viajes. Es de Lima y trabaja en una empresa de certificaciones ISO, o algo así, y ha llegado hoy a Huánuco para unos trabajos. Tras la cena vamos a la plaza para ver un festival de danzas y músicas tradicionales. Esta muy animado, pero antes de  medianoche ya estoy en el hotel. De  buena gana me había quedado un poco más, pero no he olvidado que mañana debo salir todo lo temprano que pueda, ya que en Lima quedé con Luz, la profesora de la Universidad de Huaraz donde acepté dar un audiovisual,  en que el jueves estaría lo antes posible allí. Entre ambas ciudades hay más de 300 k,  y buena parte serán de trocha por las montañas. Por lo que mañana de nuevo ¡¡maaambo!!. 

  Esta noche nada de piscos, y mira que, después de tantos incidentes en tan pocos kilómetros (el puente roto, los tíos  de las armas, el rozón al Toyota…) hoy si que tenía motivos para celebrar que todos se hayan quedado en simples anécdotas.