2019 Perú (III)


 El año pasado me impresionó de tal modo el recorrido que hice por el cañón del Pato, que dejé anotado que tan pronto tuviera ocasión, volvería a  atravesarlo. Hay situaciones en las que un lugar te marca de tal modo, que si haces una segunda visita, aquellas primeras sensaciones en cierta medida se desvanecen. Puede ser que, por las circunstancias que sean,  ese lugar que te cautivó  ya no te parezca tan mágico e impresionante. Pero en el caso que me ocupa esta mañana, es un riesgo que debo asumir, entre otras cosas porque mi camino para llegar a Huaraz pasa por El Pato. A medida que avanza la mañana el cielo se torna más azul y sube la temperatura. Cruzo el primero de los 35 túneles que me encontraré en el día de hoy, y aunque  todavía no estoy en el propio cañón, siento que regresan las mismas sensaciones del año pasado y una sonrisa se dibuja en mi cara.

 Poco a poco, saboreando cada kilómetro, me voy internando entre la cordillera negra (Andes Pacífico) y la blanca (Andes interiores) y encajonados entre ambas nos encontramos la antigua vía de ferrocarril, reconvertida en carretera, el río Santa, la moto y yo. Todo está tal como quedó fijado en mi memoria…Me reencuentro con las enormes paredes verticales separadas en algunos lugares por menos de 6 metros, vuelvo a sentir la ausencia de viento que me hace notar un calor sofocante, regresa aquella incertidumbre al entrar en los lúgubres, estrechos e inquietantes túneles, veo las turbulentas aguas del Santa y me encuentro prestando mi atención a  la sumamente angosta y revirada carretera con su peligroso firme debido a la mucha gravilla suelta…Metro tras metro, curva tras curva, recorro el mismo camino, aunque en esta ocasión en dirección contraria, que hice hace prácticamente 365 días. Estoy cumpliendo lo que prometí, regresé al Pato y éste me lo recompensa  haciéndome vivir las mismas emociones del año pasado. Llevo recorridos unos 140 k desde que salí de Trujillo y veo que se me ha pasado la hora de comer, pero el único lugar para hacerlo es la pequeña aldea de Huallanca, la población cercana a la central hidroeléctrica. Paro allí y lo único que pueden ofrecerme es un plato con arroz y un filete, para mí es suficiente.

 Al poco llega un 4×4 con otros tres comensales más retrasados que yo. Hablamos y me cuentan que trabajan en una de las muchas minas que están diseminadas más al interior. En la que ellos trabajan está situada cordillera adentro, a unas 5 horas de aquí, y van a Lima a pasar su semana de descanso. Vuelvo a la carretera e inicio la subida que me lleva a la segunda sección del cañón, que presenta las mismas características que la que llevo recorrida. No soy persona que haga ejercicios de meditación, ni que me recré en pensamientos filosóficos, ni cosas similares, pero la realidad es que viajando por El Pato siento una felicidad, una paz interior, un estado de relajación como pocas veces he sentido. Seguro que en el mundo hay lugares más espectaculares y bonitos, seguramente he viajado por algunos de ellos, pero, y sin ponerme en plan transcendental, este lugar me aporta algo que no he llegado a sentir en otros lugares por los que he viajado. El Pato y yo tenemos una conexión especial, no hay duda.

 De pronto esa sensación desaparece, ya que creo distinguir a lo lejos, en un recodo de la ruta, a un gran camíon que viene en dirección contraria, algo que me extraña ya que por aquí prácticamente nunca he encontrado tráfico, y menos tráfico pesado. Por suerte, poco antes de entrar en un túnel, veo un lugar donde apartarme y esperar que pase el camión. Siento un escalofrío al pensar si me lo hubiera encontrado una vez dentro del túnel…Y no es un camión, son tres los que pasan a poca distancia de mí. Más delante encuentro el puente colgante que salva al río Santa y recuerdo que el año pasado estuve hablando aquñi mismo con un hombre y una mujer que se disponían a cruzarlo, ya que vivían al otro lado del río. 

Con cierta pena recorro los últimos kilómetros, de los aproximadamente 40 que tiene El Pato. Me detengo para hacer la última foto, y poner, en una señal llena de adhesivos, el correspondiente al XV EGV. Mientras me fumo un cigarro (sí, cada uno tenemos nuestros vícios) me despido de este especial lugar y me planteo si regresaré una tercera vez…Seguramente sí.

 Pero ahora mi destino es Carhuaz, al que llego a media tarde.  Me alojo en un hotel grande, nuevo, pero un tanto desanjelado. Estoy a sólo una hora de Huaraz, podría haber llegado antes de que se hiciera de noche a esta otra ciudad, pero es que mañana, muy cerca de Carhuaz,  tengo una cita muy especial. Llevo pensando en ella varios días, en realidad casi desde el año pasado cuando por casualidad paré aquí un momento y alguien me habló de ella y me enseñó una foto suya. Podría decirse que entonces sentí un flechazo, un amor a primera vista,  y exclamé «¡qué linda es!, ¿sería posible conocerla». Pero entonces tenía que seguir mi viaje, no tenía más tiempo y con mucho dolor tuve que partir sin llegar a dónde ella se encontraba,  pero su recuerdo me ha acompañado desde entonces..

 Tardo en dormirme, en parte por la emoción al estar tan cerca , sin que ella tenga idea de que mañana por fin nos vamos a ver cara a cara, y en parte porque oigo como  afuera la lluvia cae con fuerza. Me inquieto y pienso «¿ y si esta lluvia arruina mi cita y este año tampoco podemos conocernos…?»

 A primera hora ya estoy tomando un contundente desayuno, le voy a necesitar. He dejado todas mis cosas en la habitación y así la moto queda ligera de equipaje, que imagino será lo mejor para lo que tengo por delante esta mañana. No ocultaré que estoy un poco nervioso, quien me cautivó nada más ver su foto, está montañas arriba, a un par de horas de aquí, que es lo que supongo tardaré en recorrer los 35 k que me separan de quien lleva un año esperándome…¡¡ la hermosa Laguna Parón!

Solamente están asfaltados los 5 k iniciales, luego todo será una empinada y retorcida trocha. En el hotel me recomiendan que tenga mucha prudencia. «La trocha es muy estrecha y peligrosa y además esta mañana, con la lluvia que ha caído durante la noche, todavía más», me comenta el mesero (camarero).

Poco después de dejar Carhuaz atravesando una pequeña aldea encuentro mi camino lleno de personas mayores. Las mujeres visten los coloridos vestidos típicos de esta zona, y cubren sus cabezas con peculiares sombreros. Me pregunto qué será lo que pase aquí, y para saberlo hago lo lógico, paro y pregunto. A la puerta de un pequeño edificio, que es un  consultorio médico, una  enfermera me informa que están vacunando a los mayores contra el neumococo. Estoy con el tiempo justo, pero aún así la ofrezco mi pequeña ayuda por si es necesaria. «Es de agradecer, claro que sí», responde. Mientras ayudo a poner algunas vacunas, ella me va comentando acerca de los inevitables problemas que tiene para llevar a cabo diariamente su labor, lo escasa que está de personal y de material, los tiempos de viaje que se eternizan cuando tiene que acudir a los avisos que reciben de cualquiera de estas aldeas esparcidas por las montañas… Después de pinchar algunos brazos,  me despido y reemprendo mi ruta. Ahora comienza la espectacular subida de la que tanto me han advertido…  

La trocha se empina hacia las cumbres y las nubes y debo detenerme ante un puesto de control, en el que pago una pequeña tasa de entrada a la zona, y levantan la barrera. Aquí también me recomiendan que sea prudente y que, debido a lo angosto de la trocha, esté atento por si encuentro algún otro vehículo. Poco a poco la vegetación se hace más rala, aparecen arroyos que bajan furiosos desde los nevados situados más arriba. Algunas curvas, al ser tan cerradas, me obligan a tomarlas con mucha precaución pero al mismo tiempo, por la exagerada pendiente que presentan, debo hacerlo con una aceleración decicida, sin titubeos, o la moto se calará, y además precisamente en estos puntos, es donde más piedra suelta se acumula. La ascensión es espectacular, aunque en algunos momentos un poco complicada y estresante. Y seguro que estarás de acuerdo en que me encuentro en uno de esos lugares en los que no conviene tener un accidente, o una leve caída, que en el supuesto de que a mí no me pase nada garve, se rompa algo vital en la moto. Las nubes y la niebla aumentan a medida que voy ascendiendo, pero aun así el paisaje es una maravilla. Paro a hacer algunas fotos e intento ser consciente de la grandeza del  lugar por el que estoy ascendiendo, pero al mismo tiempo sin olvidarme de lo peligrosa que en algunos puntos es la trocha, además, nadie mejor que yo conoce mis limitaciones… Arranco para encarar los últimos kilómetros de ascensión. Miro la temperatura, marca 5º. Pero entre la emoción y el esfuerzo físico, que a medida que sigo ascenciendo cada vez noto más,  ni me había dado cuenta que hace este frío. Estoy disfrutando, pero siempre atento y mirando unos cuantos metros más adelante por si apareciera otro vehículo, por suerte parece que soy el único que esta mañana anda por aquí. Las nubes me impiden ver la cima, pero debo estar cerca, el GPS marca ya los 4.000 m de altitud y la laguna está enclavada a 4.200. Y por fin llego a la entrada de mi destino, unos metros más abajo atisbo las azules y brillantes aguas de la Parón. Allá abajo también veo que me tiene preparada una sorpresa que no olvidaré. Imagino que la Parón quiere, con ese regalo, compensarme por recibirme en esta mañana nublada y con el cielo gris, que me impide contemplarla tal como la imaginaba tras ver su foto el año pasado.

El regalo que me va a hacer la laguna es que junto a su orilla tiene unos kayaks, y lo mejor que también tienen sus correspondientes remos. He navegado en kayak por aguas de Nueva Zelanda y de Sudáfrica, ahora voy a poder hacerlo en Perú y nada menos que a más de 4.000 m de altitud, esto último nunca lo imaginé. No veo a nadie a quién preguntar si puedo usar alguno de los kayaks. Por allí aparecen 2 chicas y un hombre, ellas son francesas de viaje por el Perú  y el hombre es el conductor de la camioneta que las ha traído desde Huaraz. Hablamos un poco de nuestros respectivos viajes y nos tomamos algunas fotos, incluidas las de mi travesía en kayak, ya que el hombre me dice que son para rentar pero que como no está el encargado, haga lo que quiera.

Cualquier esfuerzo físico a esta altitud se nota, pero no sé si es por la ilusión que me hace palear precisamente en este lugar o qué, el asunto es que me encuentro bien. Pero como es lógico, después de unos minutos ya empiezo a notar el cansancio, es hora de regresar a la orilla.



Alargo mi estancia aquí arriba todo lo que pùedo, con la vana esperanza de que el cielo abrá un poco, pero cuando veo que de momento eso no va a suceder, me despido de la Parón. Haber llegado hasta aquí arriba ha tenido una mayor recompensa de la que suponía. La subida, a pesar de su dificultad, se resume en una palabra, espectacular. La visión de la Parón, a pesar del cielo nublado, lo mismo, y ya la guinda del pastel ha sido lo del kayak…¡¡Muchas gracias Parón!!. Ahora toca guardar esta emoción que siento para más tarde, es el momento de que toda mi atención se centre en la bajada. Sin más dificultades de las que ya me temía, llego abajo, aquí el día si está más despejado. Paro un momento a hablar con unos campesinos que están labrando su parcela del mismo modo que lo hicieron sus antepasados, y seguramente así será como lo harán sus descencendientes. Me cuentan que siembran yuca y camote (una especie de patata) y que tienen 3 cosechas al año, también me comentan acerca de sus problemas con el clima, con el duro trabajo de cada día…

 Rápida pasada por el hotel, y con la moto ya cargada voy directamente al lugar donde cené anoche, y antes de mi partida, almuerzo en este sitio. Tengo tiempo más que suficiente para llegar temprano a Huaraz, ya que sólo me separan unos 40 k que recorro por el valle  llamado «Callejón del Huaylas» , situado a unos 3.000 m de altitud. Hago una parada en Yungay para visitar el monumento levantado en recuerdo a los fallecidos en 1970. Este pueblo fue totalmente destruido en la avalancha producida por el terremoto que asoló toda esta zona aquel fatídico año. De los 25.000 habitantes que vivían en Yungay, solamente sobrevivieron unos 300. Unos porque corrieron al cementerio, que se encuentra en la parte alta del pueblo y otros de estos supervivientes fueron poco más de una decena de  niños y su maestra cuya escuela se encontraba también en un cerro. En toda esta región de Ancash el total de fallecidos por aquel terremoto fue de más de 75.000 almas.

En el último tramo hacia Huaraz, junto a la carretera, encuentro una fuente, algo extraño en este país, y paro un momento. Al poco aparecen una abuela, una hija y un nieto. Tienen ganas de charla y, como tengo tiempo, comenzamos a hablar. Con estos tres tipos de interlocutores, es fácil saber qué temas tratar con cada uno para que la conversación sea fluida. Al niño le pregunto por la escuela y por el fútbol, a su madre por el hogar y por el amor, y a la abuela por cómo ha cambiado todo desde sus tiempos de juventud, y no fallo en los temas eleguidos. Me cuentan que han salido a recoger hierba para alimentar a sus cuys. Me preguntan qué hago por allá. «¿Ah, entonces está usted de paseo (viaje de placer) por el Perú? ¿No tiene usted que trabajar? ¿Y en esos cofres qué lleva?». Nos divertimos un rato diciendo las tonterías habituales…La abuela me pregunta porqué no me traigo para España  a una hija que tiene soltera, y la que está presente reclama ser ella quien se venga conmigo…

Llego a Huaraz y antes de ir al hotel, paro en un taller de motos. La cadena necesita un tensado, el hombre del taller me dice que está terminando una moto que es urgente y que en una hora o así me podrá atender o que me deja lo que necesite para hacerlo yo mismo. Lógicamente opto por la segunda opción. Este año cambio de hotel, el del año pasado (hotel Valencia) estaba bien, pero alejado del centro, así que me alojo en otro situado en plena avenida central. El Rubí es moderno, pero no tiene garaje, aunque a pocos metros está el parqueadero municipal, que será donde duerma la GS.


 Llamo a Luz Blácido, mi conocida en la Universidad, para comentarla que ya estoy en su ciudad. Se sorprende ya que, como mi audiovisual es mañana por la tarde, no me esperaba hoy y la explico el motivo de mi adelanto. Mañana quiero acercarme al sitio arqueológico de Chavín de Huantar, separado por unos 110 k. Después de la cena, y para celebrar estos dos intensos últimos días, me voy a tomar un trago, me recomiendan un sitio «Café Casa Andina»,  es un lugar acogedor y decorado con gusto.

 Me atiende una joven mesera, la pido un pisco sour y me pregunta ¿y si mejor le preparo un maracuyá sour?, ¡pues venga ese maracuyá sour!, respondo. La chica se llama Sarita,  es muy atenta y amable, enseguida se nota que es lo que todos conocemos como » una buena persona». Con extrema educación pregunta por el motivo de mi visita a Huaraz, la cuento el asunto de mañana en la UNASAM y mis viajes por su país. Ella estudia Derecho y para pagarse sus estudios, trabaja en este café y además ayuda en todo lo que puede a su familia, que está en Lima. Después de un par de deliciosos «maracuyás sour» y una entretenida conversación, regreso a mi hotel. Por el camino no puedo por menos que pensar que si en este mundo hubiera muchas «Saritas» todo sería mejor y más agradable.