2015 SUDAFRICA, MOZAMBIQUE Y SUAZILANDIA (III)

De Mozambique a Suazilandia

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  Dentro del caos de la frontera mozambiqueña, nuestro «gestor» se mueve como pez en el agua. Además tiene la ayuda de un «empleado». Mientras uno hace unas cosas, el otro va tomando posiciones en la ventanilla siguiente. Y nosotros, diciendo contínuamente un «sorry» por aquí y un «moito obrigado» por allí,  detrás de él de un lado para otro. En media hora está todo resuelto. ¿Todo?, bueno no, casi todo. Queda el último trámite, el permiso para pasar las motos a Mozambique. Está resultando muy fácil, pero aquí viene la «sorpresa».

-Ahora tenéis que darme 3.000 meticales (moneda local, y que venían a ser casi 60 euros) por cada moto. Es la tasa obligatoria que hay que pagar para que os den el permiso.

-¿Eh? ¿3.000 qué? ¿de verdad?.

Esto suena «rrraro, rrraro…»

Tiene en su mano nuestros pasaportes, antes de nada hay que hacer que «vuelvan con nosotros».

-Por favor, déjanos los pasaportes para ver unos datos de las motos que están anotados en ellos…

   Con ellos en nuestro poder, la situación  es diferente. Conchi se queda intercambiando impresiones con él. Yo me voy en busca de algún sudafricano, que también vaya a pasar su coche, para preguntarle que hay de cierto en la historia que nos cuenta el «gestor». Tal y como me imaginaba, me dice que no tenemos que pagar absolutamente nada. Solamente presentar el formulario y que nos lo sellen. Volviendo a donde había dejado a Conchi, veo que sigue dialogando con él. Para que la entienda mejor,  acompaña sus palabras con gestos de una mano que dan a entender «vaya jeta que tienes, majete…».

  Ahora todo son disculpas. «Ah ¿es qué las motos son de alquiler?. ¿Es qué tienen matrícula de Sudáfrica…?. No lo sabía. Siendo así no hay que pagar…».

   A pesar de querernos tangar  120 euros con el tema de la supuesta tasa, al final, y como todavía no tenemos meticales, le damos un billete de 5 dólares por su ayuda. Como es normal, no está de acuerdo y se crea una cierta tensión. La realidad es que nos ha avanzado mucho los trámites, pero tampoco es cuestión de ir regalando dinero por todas partes y menos a gente así. Pero quedamos que como en 3-4 días vamos a volver a Sudáfrica, y tendrá que hacernos de nuevo los trámites, luego seremos más generosos…Este acuerdo le deja más contento. Lo que no se imagina es no saldremos por esta frontera, ya que lo haremos por una que comunica Mozambique con Suazilandia…

  El paso de un país a otro significa, como en otras muchas fronteras del mundo, un cambio radical. Lo que hasta hace pocos kilómetros era un paisaje verde y con montañas, ahora es una planicie, de un verde pálido, que se extiende hasta la capital, Maputo. Lo que era una buena carretera, ahora es simplemente una carretera. La temperatura, que hasta ahora era agradable, poco a poco va subiendo hasta cerca de los 40º. El tráfico es escaso, los coches son viejos, lo que sigue siendo igual es que aquí también se conduce por la izquierda. Los edificios de la primera población que vemos, más bien son casetas y barracones.

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   A los pocos kilómetros vemos el primer control de la policía en dirección a la capital. Están revisando a varios vehículos, todos con matrícula de Sudáfrica. Nos acordamos de lo que nos dijeron en la última gasolinera, lo de tener que comprar el extintor, los triángulos, chalecos…Pero sorpresa, la policía  no nos manda parar, es que además, con una sonrisa y el pulgar levantado, nos indican que continuemos. Lo mismo se repite en los otros 5-6 controles que encontramos hasta llegar a Maputo.  Sin que sirva de precedente, esta vez , y de cara a las autoridades,  ir en moto es una ventaja.

  Quien no viaja en moto, generalmente te dice: » con este calor, qué bien se irá en la moto ¿no?…Ahí, dándote el aire… «. Ya, cuando la temperatura pasa de treinta y tantos grados, ya lo creo que se va muy bien dándote el aire…pero el acondicionado de un coche. Así que, en la primera sombra que vemos, tenemos que parar a refrescarnos. Hace calor de verdad.

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  Unos 20 Km. antes de Maputo, la circulación se vuelve «espesa». Son las 16 h. y parece que todos quieren entrar y salir de la ciudad ahora mismo. Dentro de ella y circulando por la intreminable avenida 24 de Julio, que es la principal arteria, uno imagina lo que es esta ciudad. Un caos total de tráfico y de urbanismo. Agujeros en el asfalto y cruces donde hay que echarle un mínimo de valor y meterte por las bravas,  al tiempo que aprietas el pulsador de la ridícula  bocina de estas motos.

  Como para pedir el visado hay que adjuntar una reserva hecha en algún hotel en el que te vayas alojar, hice una por Booking en el que me pareció, con la idea de anularla más tarde. Pero a los pocos días de hacerla recibí un mail de sus propietarios. En el se ofrecían para cualquier cosa que necesitáramos para que nuestra estancia fuera lo más agradable posible. Esto me hizo darles un voto de confianza. Al fin y al cabo en algún hotel tendríamos que quedarnos. Y fue un acierto no anularla.

   El hotel Guesthouse 1109 está  situado en el mismo número de  la Avda. Patrice Lumumba, paralela a la 24 de Julio. Es nuevo, muy céntrico, con pocas habitaciones, pero con buenas y modernas instalaciones. Con parking privado y una pequeña piscina que nos vino de lujo para soportar los treinta y muchos grados. Y una terracita con vistas a la ciudad. Los dueños son de una simpatía y amabilidad que, cuando viajas por el extranjero, es muy de agradecer. Son de Aveiro (Portugal), y en el 2009, viendo la que se venía en su país, decidieron cambiar totalmente de vida. Se vinieron aquí y montaron el hotel. Los 85 euros por noche que nos cuesta, están bien gastados.

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   No hay que olvidar que en general Mozambique es más caro que Sudáfrica, y al fin y al cabo estamos en su capital. La gasolina también es algo más cara, 0´80 euros/lt por los 0´70 de su vecina. Una cena en restaurante medio, 18 euros para los dos con cervezas incluidas. Y para un europeo, estos son malos países para dejar de fumar, la cajetilla de Marlboro cuesta menos de 2 euros.

   Hasta 1975 Mozambique fue colonia portuguesa, pero conseguir la independencia supuso muchos  años de guerra, oficialmente desde 1964 hasta 1975, que ya son años. Los guerrilleros del Frelimo (Frente para la liberación de Mozambique) con el apoyo de la URSS, China y Cuba, fueron los  que llevaron a cabo la lucha armada, con la idea de instaurar una república socialista. Samora Machel fue el primer presidente de la misma. ¿Y aquí acabó todo?. Ni mucho menos. Luego algunos gobiernos vecinos, Sudáfrica y Zimbabwe, financiaron una contra, el Renamo (Resistencia Nacional Mozambiqueña) y la que se lió, como era de esperar, fue una guerra civil. En 1983 Samora vio que aquello iba realmente mal, y que lo de la república socialista era un fracaso total. En 1986 él mismo y varios consejeros murieron en un sospechoso accidente de avión. En 1992 terminó la guerra civil, se hizo una nueva constitución y  por fin llegó la paz.

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   Los mozambiqueños son totalmente distintos de los sudafricanos. La influencia portuguesa está presente no sólo en su idioma oficial (portugués), también hubo mucho más mestizaje entre la población local y los colonizadores que en otros países. Se nota en la vida diaria, en el idioma, en la comida (pescados buenísimos y a buen precio), en el trato con el extranjero… Todavía quedan muchos portugueses o descendientes de ellos, y por las noches las terrazas de los bares y restaurantes del centro están llenas de gente. Hay ruidos, música, vida callejera, aunque en el hotel nos aconsejaron adoptar ciertas precauciones, tampoco nada fuera de lo normal, cuando saliéramos por la noche. Con nosotros fueron muy simpáticos, especialmente al saber que no éramos sudafricanos y sobre todo al hablarles, mejor o peor,  en portugués.

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  Con un par de días tienes visto lo que hay que ver en la ciudad, que te guste más o menos ya depende de tus exigencias. Llama la atención las aceras de la zona centro que están destrozadas (me recordaban a las de otra capital, Ulan Bator), el abandono de sus calles, sus nombres dedicados a figuras del socialismo, calle Che Guevara, Ho Chi Min, Kim Il Sung, Vladimir Lenin…La gran estatua dedicada a Samora Mache, o la caótica forma de aparcar los coches por las noche, como si fueran piezas de un tetris.

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Entre sus edificios encuentras mezclados los estilos colonial portugués con otros que recuerdan a cualquier ciudad socialista. Pero hay que verlo con la mirada apropiada. No es Europa, ni siquiera es remotamente  parecida a las grandes ciudades sudafricanas, es Maputo,  es Mozambique. Y ya que hemos venido hasta aquí, hay que aprovecharlo. Lo primero pasar por un cajero para hacernos con unos cuantos meticales. Y ahora vamos a dar una vuelta y visitar el mercado, algún museo, los centros de artesanía, la «casa de hierro» diseño de Eiffel, la estación de tren, la reciente catedral de 1942, una tienda de coloridas telas,  famosa en todo el país,  y llamada casa Elefante…

 Todo esto sin olvidar que es una ciudad de más de un millón de habitantes, con poco turismo extranjero y que, como en cualquier gran capital,  puedes ser objeto de algún intento de robo, como así nos sucedió. Afortunadamente, o más bien por una cuestión lógica, el bolsillo de mi camisa, en el que el  «artista» metió sus dedos y salió corriendo, estaba vacío.

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  Y si necesitas unas extensiones de pelo, hay un callejón lleno de tiendas en las que tienen un muestrario como nunca había visto

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  O sí echas de menos la fruta de España, tampoco hay problema para encontrarla…las «del torero» o las «el ciruelo», puedes elegir.

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   A primera hora del sábado llenamos los depósitos y enfilamos la 24 de Julio. A esta hora prácticamente no hay tráfico, es fin de semana. En pocos minutos estamos en la carretera principal. Luego tomamos una secundaria que nos llevará a Namaacha,  la frontera con Suazilandia. Hoy tenemos 225 km hasta el valle de Ezelwini, que es donde pensamos dormir. El valle está situado después de la ciudad de Manzini y poco antes de la capital del país, Mbabane. Circulando todavía por tierras de Mozambique, los pueblos que cruzamos están llenos de colorido, de gente en los mercados callejeros, o andando a los lados de la carretera y llevando grandes fardos sobre sus cabezas. A medida que nos acercamos al paso fronterizo, el paisaje se vuelve más montañoso.

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   Es una frontera pequeña. En el mostrador de salida, delante de nosotros sólo hay un hombre. Nos quedamos un poco sorprendidos cuando vemos que el funcionario que le atiende, está manejando un «pistolón». Lentamente, y con cierta dificultad, va sacando y contando en voz alta las balas del cargador, «nove, dez, onze…». Ahora la operación es a la inversa, mete la balas y vuelve a contarlas. Al terminar, el funcionario guarda la pistola. El hombre que está delante de nosotros, se da la vuelta y nos pide disculpas por la tardanza. Le preguntamos si es policía, nos responde que no, que es empresario, por eso tiene el «pistolón» . Como va a salir del país, tiene que depositar el arma para recogerla a su regreso. Es mozambiqueño, se llama John y vive en Maputo. Es muy atento, educado y a juzgar por el impresionante todo terreno que conduce, uno diría que maneja muchos meticales. Aunque los trámites son los habituales,  se ofrece a ayudarnos con el papeleo, y mientras nos cuenta que, por temas de negocios, viaja con cierta frecuencia a Portugal y España.

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  Ya estamos en Suazilandia, todo es fácil y rápido, no hace falta visado, aunque hay que pagar, ahora si de forma oficial, unos pocos rands (equivalente a 5 euros) por una tasa de uso de las carreteras. Tampoco hace falta cambiar moneda. Aunque la propia es el lilangeni, tiene el mismo valor que los rands sudafricanos, y los admiten indistintamente en todos los sitios. Una cosa menos que tenemos que hacer. Intercambiamos tarjetas con John, nos hace una foto con el cartel de entrada al país y  nos despedimos.

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  Suazilandia es un país pequeño. Si haces poco más de 200 km, cuando quieres darte cuenta ya lo has cruzado. Tiene algo más de un millón de habitantes, todos negros, bueno, imagino que algún blanco habrá, aunque en el día y medio que estuvimos no vimos ninguno. Su nombre suena muy idílico y exótico, y sí, la primera impresión es buena. Los montes resecos y marrones de los últimos Km. por Mozambique ahora son montañas más grandes. Todo esta  verde y la tierra tiene un bonito color rojizo. Los campos de cultivo se ven cuidados. La carretera sube y baja, es ancha, tiene buen asfalto y está bien señalizada.

   Estamos cruzando por medio del Parque Nacional  Hlane. Por lo que he leído, debe ser el más famoso del país. Alberga una gran cantidad de rinocerontes. No creo que encontremos alguno en medio de la carretera, aunque el cercado que veo no me tranquiliza mucho, no tiene pinta de resistir la embestida de un bicho de esos…

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   Los pocos pueblos que cruzamos están limpios. Sólo hay una cosa que, literalmente,  me hace saltar del asiento.  Un mal día a alguien se le ocurrió que el mejor remedio para que los coches no fueran muy deprisa, era poner lo que en España llamamos «guardias tumbados». Esos badenes para reducir la velocidad. Vale, quizás no parece tan mala idea. Pero es que en Suazilandia además de ser exageradamente altos, son muy numerosos. No sólo están en las travesías de los pueblos, en cualquier cruce de la carretera, aunque sea con un simple camino, siempre te encuentras al menos un par de ellos en cada dirección. Como además no están señalizados, ¡¡ten cuidado!!, por mucha atención que pongas, antes o después te vas a tragar más de uno. En carretera abierta había numerosos tramos en que no podías hacer más de unos centenares de m.  sin tener que pasar por encima de varios de ellos. Aparte de eso, las carreteras están mucho mejor de lo que imaginas en un país pobre como es éste. Incluso hay unos pocos km de autopista, aunque son para llegar a uno de los palacios reales. Según parece al rey le gusta salir a conducir, y pisar el acelerador en demasía, en alguno de los muchos coches que tiene.

  Y hablando de su rey, el país será pequeño y pobre, pero él, Mswati III, que se cree el más grande, el más rico del mundo, y está hecho todo un «campeón». Suazilandia tiene el lamentable récord de ser el país con mayor tasa de infectados por Sida, entre el 25 y 30% de la población. Al rey no se le ocurre otra cosa que prohibir, durante 5 años,  a todas las mujeres menores de 17 años, tener relaciones sexuales. A los hombres no les afecta la ley. Para dar ejemplo, él va y se casa con una chica de 17 . Tampoco se sabe cuantas esposas tiene, dicen que 14-15-16…. Es lo que tiene el tener tanto dónde elegir. Cada año, en el mes de agosto,  hace llevar hasta uno de sus palacios a varios centenares de jovencitas. En una fiesta, que llaman «la danza del junco», bailan prácticamente   «en bolas» para que el rey vea si le interesa alguna para añadirla al «libro de familia».

  Mientras preparaba el viaje  y buscaba información sobre el país, me encontré con una noticia relacionada con esto, y que me dejó atónito. Resulta que en agosto de 2015,  sesenta y cinco (sí, he escrito bien, 65) chicas fallecieron en un accidente de tráfico. Eran llevadas ante el rey para su fiesta anual. ¿65 a la vez? ¿Irían en un autobús?, No, las llevaban en la caja de un camión que se despeñó…Sin comentarios. También encontré otra curiosa noticia. En su 45 cumpleaños, en 2012 o así, le regalaron, o se auto regaló, ¡32 coches marca Bmw!. Sería para no tener que preocuparse por si, con tanto «guardia tumbado», a alguno de ellos  le rompía la suspensión…

  Por lo demás el país es bonito y colorido.  El paisaje es montañoso y con espectaculares valles. Simplificando a lo bestia, recuerda a  Suiza, pero sin nieve, sin dinero, y con negros  que, en algunos casos, todavía puedes ver vistiendo las túnicas tradicionales del país. No, con taparrabos, arcos y flechas no vimos ninguno. La gente, con nosotros al menos, fue bastante reservada, y no había manera de tener lo que se entiende por una conversación. Ni siquiera nos hicieron las típicas preguntas: «¿de dónde eres?», «¿cuánto cuesta o a cuánto corre la moto», o la más habitual, y por otra parte lógica, viajando por África: «¿es qué no tenéis dinero para viajar en coche?».

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   Para cruzar Manzini han hecho, perdón, están haciendo, una circunvalación, así que uno no sabe si hace bien tomándola o habría sido más rápido y seguro cruzar la ciudad. Poco más adelante nos desviamos al valle de Ezelwini. Ha sido buena elección, es muy bonito. Nos alojamos en uno de los varios hoteles que hay junto a la carretera. El Happy Valley es un hotel que se anuncia como hotel-casino. Está bien, aunque tampoco es que sea «para tirar cohetes». Cuesta 88 euros/noche, un pelín caro para su estado. Eso sí, te sirven un desayuno como para que te olvides de comer durante el resto del día. Como siempre que podemos, escogemos una habitación  de la planta baja y así poder aparcar las motos a la puerta.

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  Tiene una gran piscina, que pensamos la vamos a sacar buen partido. Pero a los pocos minutos tenemos, junto con el resto de bañistas, que abandonarla precipitadamente porque durante un par de horas cae una gran y espectacular tormenta. Es de esas veces que piensas:  «menos mal que nos pillado en el hotel». Cerca del Happy Valley hay unas cataratas,  las Mantenga Falls. Desde la terraza de nuestra habitación, y con la que está cayendo,  no es necesario que vayamos a ningún sitio para ver unas cataratas…

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  Salimos a cenar a uno de los restaurantes que hay nada más cruzar la carretera. Al volver, el parking del hotel está casi lleno. En un luminoso leemos «Casino». Imaginamos que es aquí donde viene la gente. Vamos a echarle un vistazo. En el interior tiene el típico suelo de moqueta y se oye la musiquilla de las máquinas. Hay muchos negros, todos con sobrepeso y trajeados. Están metiendo monedas en unas cuantas máquinas «tragaperras» o jugando en una vieja y desgastada ruleta. Si viene por aquí la familia de «Los Pelayo», en cinco minutos la habrían cogido el truco a esta ruleta. Ya está todo visto, no hay más. Mejor sería que en luminoso hubieran puesto «Salón de juegos del Sr. Pepe». La única opción es irnos a la terraza del bar, tomarnos unas cervezas, conectarnos a Internet y  escribir el diario. Ya bien entrada la noche, cae  otro «tormentón». No es de extrañar que todo el país esté tan verde…

  La siguiente etapa nos devolverá a Sudáfrica. Una vez allí tendremos casi 2.500 Km. por la carretera N-2, que bordeando la costa del Indico, nos llevará hasta Ciudad del Cabo.

  Pero antes de abandonar Suazilandia,  intentaremos conectar un poco con esta gente, a ver si es posible que se cuenten algo. En un último intento, no se nos ocurre mejor cosa que hacer una parada en pequeño poblado…¿Será buena idea?.

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