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   Las nubes cubren todo el valle de Ezulwini y el pronóstico es de lluvias. A primera hora el termómetro de la moto marca 8º, parece que ya podemos olvidarnos de los 40º de días anteriores. Ponemos los forros a la ropa de moto y nos preparamos para salir. La carretera sube y baja atravesando numerosas colinas. Definitivamente éste es un país bonito. Es primera hora de una mañana de domingo, no se ve a nadie por ningún sitio, solamente de vez en cuando pequeños rebaños de ovejas pastando.

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    A un lado de la carretera, dentro de un cercado, hay unas chozas. Aparentemente no hay nadie, y hacemos una parada para hacer alguna foto. Al sentir el ruido de las motos, unos niños salen de una de las chozas. Con una mezcla de temor y curiosidad, y en compañía de otra chica de más edad, se acercan hasta donde estamos. Intentamos hablar con ellos, no es fácil, son muy tímidos y sólo responden con monosílabos. Se acercan otras dos mujeres, tampoco es que hablen mucho más que los niños. Intentando romper el hielo, abrimos las maletas, sacamos algo de ropa y se la damos. Lo agradecen, pero sin mucha efusión. Me doy por vencido, me encargo de hacer unas fotos y dejo que Conchi siga intentando que cuenten algo acerca de ellas, de su vida…etc. En situaciones similares ya nos habrían invitado a entrar a sus casas, aunque fuera sólo a Conchi, por eso de la solidaridad femenina. Quien haya viajado por África con una mujer, sabe a que me refiero. Visto que la parada no da para más, nos despedimos, arrancamos y nos vamos. Ha quedado claro que no hemos podido, o sabido, conectar con los «suazilandios». Unos 50 Km. más adelante vemos la frontera de Lavumisa.

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   Otro paso fronterizo pequeño y tranquilo. La salida de Suazilandia es rápida, la entrada a Sudáfrica también podía haberlo sido…Aparcamos las motos, mientras nos quitamos los cascos y sacamos documentos, llega un autobús. Rápida y ordenadamente bajan unos 50 alemanes y alemanas, con su pasaporte ya en la mano. Todos detrás de un guía que, a juzgar por como los apremia a ser rápidos, también debe ser alemán. Cuando queremos entrar al edificio, ya somos los números 51 y 52 de la cola de la ventanilla…

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   Estamos ya de vuelta a territorio sudafricano. Hasta que enlazamos con la N-2, vemos junto a la carretera algunos fagoceros y monos, estamos cruzando un pequeño parque nacional. Nuestro destino es el pueblo de Santa Lucia y hasta que llegamos allí tenemos de todo. Algo de lluvia, sol, nubes…pero lo más incómodo es un fuerte viento que aparece repentinamente. Se nota que nos acercamos a la costa del mar Índico

    En las crónicas de nuestros viajes, generalmente no solemos hacer muchos comentarios acerca de los alojamientos. Me parece que es una información muy personal, en el sentido que lo que a uno le puede parecer aceptable, a otro le puede parecer lujoso o por el contrario, bastante pobre. Pero viajando por Sudáfrica, y por la calidad general de sus alojamientos, merecen un comentario más amplio. Como en muchos otros países, los encontrarás bajo distintas denominaciones. Hotel, Lodge, Resort, Guest House…Aunque muchas veces las diferencias que hacen que unos se denominen de una u otra forma, no seamos capaces de encontrarlas. Quizás que unos tengan cafetería y restaurante, u otros servicios complementarios, y otros no. De cualquier modo tampoco preguntamos acerca de este tema. Pero entre todos ellos los que, por nuestra experiencia, nos parecen la mejor opción son las Guest House.

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    Generalmente estas últimas tienen la mejor relación calidad-precio. Están situadas en lugares estratégicos o privilegiados. Sus habitaciones suelen ser muy amplias, tanto que a veces es inevitable compararlas con las de alojamientos españoles de precios similares o mayores, y te das cuenta de la gran diferencia. Si la comparación la haces con los hoteles franceses, ya ni te cuento… Y no es sólo el tamaño de sus habitaciones, me refiero también a sus instalaciones en general, con zonas verdes, jardines…. Muchas cuentan además con piscina y por supuesto con aparcamiento privado, y en la mayoría, sus habitaciones son construcciones individuales. Su decoración suele estar hecha con muy buen gusto y con muchos detalles africanos. Y además sus propietarios, en el 90% de los casos una pareja blanca, intentan ayudarte en todo lo posible. Se desviven por resolver cualquier problema, nunca te ponen pegas a cualquier solicitud que les haces. «¿Podemos aparcar las motos aquí?» «por supuesto». «Mañana queremos salir temprano. ¿podemos desayunar un poco antes?», «sin problema».

   Siempre están dispuestos a dedicar parte de su tiempo para ofrecerte un poco de conversación. Como la mayoría llevan toda su vida en África, y algunos no han dejado de dar tumbos de país en país, han vivido los cambios de las últimas décadas, y por ello las historias que te cuentan acerca de sus vidas, son siempre muy interesantes. Y ahora te estarás preguntando: ¿y de precio cómo andan?. Pues la habitación doble oscila entre los 50-60 euros, las que podemos considerar como de tipo medio-alto, hasta los 80-90 de las más lujosas. En unas y otras, siempre empezarás el día con unos suculentos desayunos incluidos en el precio.

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   La Wetlands Guest House es nuestro alojamiento en Santa Lucia. Hay mucho donde escoger, pero si caes por aquí, seguro que éste no te defraudará. Como tampoco el resto de la zona. En St. Lucia, a diferencia de otros lugares, las casas no están rodeadas por tapias, vallas, alambradas…Parece un lugar donde la gente vive dentro de una cierta tranquilidad.

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    ¿Y por qué fuimos a dar a este pequeño pueblo?. Porque está situado a la entrada del estuario del mismo nombre, que es una gran reserva natural declarada patrimonio de la Humanidad, con buen número de cocodrilos, aves, tortugas…y especialmente muchos hipopótamos. No es raro que te los encuentres en la carretera, o incluso ¡¡ caminando por las calles del pueblo !!. Por esto hay señales que advierten que, si conduces de noche, seas especialmente precavido, no siendo que frenes demasiado tarde.

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    Y todo ello en medio de una gran red de lagos y pantanos. Lógicamente la mejor forma de visitar el estuario es unas lanchas que te llevan río arriba. Aunque llegamos a Santa Lucia con tiempo suficiente, era mediodía, eso de la lancha tuvimos que dejarlo para el día siguiente. Al poco de instalarnos se puso a llover, y de que manera. Vaya con el verano austral…Como a la mañana siguiente volvió a amanecer nublado, aprovechamos que a primera hora no llovía para navegar por el río.

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    Siguiendo la costa del Índico en dirección sur, la situación es similar que en el resto de toda Sudáfrica. La circulación es muy fluida, no hay mucho tráfico, pero llegando a Durban, como ocurre en las cercanías de toda gran ciudad, el tráfico se vuelve más congestionado. Aunque esto tampoco presenta excesivos problemas, esta gente es bastante prudente cuando se pone al volante. Hay viajeros que por diferentes motivos evitan la visita, o las paradas, en grandes ciudades tipo Durban. Nosotros no somos de esos, si la visita merece la pena y tenemos tiempo, ¿por qué no?. Pero en esta ocasión no se da ni lo uno ni lo otro. Por lo que había leído Durban es muy industrial y cuenta con uno de los puertos mercantiles más importante de toda África. Aunque seguro que también tiene cosas que merecen una parada, pero nosotros preferimos seguir más al sur.

   Hasta aquí la N-2 atravesaba zonas de pasto alternando con otras de bosques. Ahora el paisaje es más llano, con pocas explotaciones agrícolas y con más zonas residenciales. Ahora la carretera se convierte en una estupenda autopista, de peaje claro está. Lo peor es que toda esta costa es muy turística y continuamente hay salidas hacia los pueblos que están junto al mar. Aunque no hace mucho calor, al menos si luce el sol, por lo que pensamos aprovechar lo que queda de día en una playa. Tomamos la salida hacia uno de esos pueblos, HIbberdene. La Guest House en la que paramos resulta ser la más modesta del viaje. Normal que también sea la más barata, 35 euros. Pero no por ello la habitación deja de ser grande, limpia y además equipada con microondas, cafetera, un jardín con barbacoa…y en la zona verde común también hay una pequeña piscina. El único inconveniente es que aquí no sirven desayunos.

   El pueblo no tiene nada de especial, pero se compensa con las vistas al mar, ya que las casas están situadas en una colina. Un poco más al sur de Hibberdene, en Port Shepstone, comienza la llamada Wild Coast (Costa salvaje) . Es tan abrupta que N-2 abandona su recorrido cerca del mar y durante algo más de 600 Km. se interna por el interior.

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Hablando con la dueña de la G.H acerca de este recorrido, la decimos que tenemos intenciones de parar en Umtata, la ciudad de la región donde se crió Mandela. El motivo es poder visitar el mueso dedicado a su memoria y de paso, como nos queda más o menos a mitad de camino, dormir allí. Nos informa de dos cosas de relativa importancia. Mañana es miércoles 16 de diciembre, que aquí se le llama «día de la reconciliación», y es fiesta nacional. Después del tiempo que llevamos en este viaje, y hablando con unos y con otros, eso de celebrar un «día de la reconciliación» nos suena más a fantasía que a realidad. Nos parece que todavía falta mucho para la llamada «reconciliación». Independientemente de lo que a nosotros nos parezca, el caso es que mañana estará todo cerrado, incluido el museo de Mandela. La otra advertencia que nos hace, nos deja un poco intranquilos. Según ella, Umatata es un lugar peligroso, más bien nos da a entender que es «muy peligroso». Nos advierte que tengamos mucho cuidado, que por las poblaciones que cruzaremos no viven blancos. Que estos, cuando tienen que hacer ese mismo trayecto, viajan durante el día y antes de salir llenan el depósito, con el fin de, si es posible, no tener que detenerse por nada. En los últimos años ha habido bastantes brotes de violencia, e incluso asaltos a vehículos.

  Todavía en Hibberdene. al anochecer salimos a cenar, pero antes entramos en un bar a tomar unas cervezas. Entablamos conversación con la gente que se encuentran en el. En cuanto se presenta la ocasión dejamos caer nuestra intención de dormir en Umatata, con el fin de escuchar su opinión. Los comentarios vienen a ser una repetición de los que nos había dicho esa misma tarde la dueña de la G.H. Pero para entender un poco el contexto en el que estamos, hay un detalle en esta zona que no se nos pasa inadvertido. A diferencia de St. Lucía, aquí todas las casas de los blancos están de nuevo rodeadas de tapias altas, y coronadas por las inevitables alambradas electrificadas. Eso indica que la convivencia entre unos y otros no es fácil. No somos especialmente valientes, ni mucho menos, pero tampoco pensamos cambiar de planes. Nos apetece visitar el museo y ver que se cuentan por allí acerca su héroe nacional. Somos conscientes de que si nos ocurre algo desagradable, no podremos decir que no estábamos advertidos.

   Atrás dejamos Hibberdene, tras pasar P. Shepstone la carretera gira a la derecha y los próximos 20 Km. son una sucesión de pendientes que nos llevan, primero desde el nivel del mar hasta cerca de los 1.000 mt de altitud, y el resto del camino entre los 1.500 y los 1.800 mt. El asfalto no está en buen estado, es áspero y está muy estropeado, además hay mucho tráfico de camiones y, debido a su trazado, tiene tramos muy largos en las que no se puede adelantar. El día está fresco, en toda la mañana la temperatura no llega a pasar de los 20º. Atravesamos algunos pueblos, todos pequeños. Al ser día festivo en muchos hay montados mercados junto a la carretera, o mejor dicho, metidos en la carretera. Vemos a gente con grandes sacos y cajas de comida, materiales, con animales…cargados a la espalda o llevándolos en carretillos. En ocasiones, nos encontramos en estas travesías, y debido al atasco que se forma, con que no podemos avanzar, ni nosotros ni la gente que nos rodea. Pero en ningún momento vemos nada que nos haga tomar ninguna precaución especial. Algunos nos miran con un poco de curiosidad, pero son los menos, generalmente respecto a nuestra presencia muestran una total indiferencia.

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   Donde no pasamos inadvertidos es en un control que encontramos unos 50 Km. antes de Umatata. Un policía se planta en medio de la carretera y con gestos muy exagerados nos manda parar. De forma autoritaria nos pide las documentaciones de las motos y los permisos de conducir. Pero al ver las banderas de nuestras motos deduce que somos españoles y su trato se vuelve más amistoso. Como es normal comenta algo acerca del mundial de fútbol del 2010. Mira los carnets internacionales, que seguro es la primera vez que tiene unos delante de sus ojos y nos dice que están haciendo un control del estado de los vehículos. Vamos, lo que viene siendo una ITV a la africana. Los impresos que saca tienen ya marcadas  las casillas correspondientes. Mal que bien escribe nuestros nombres y las matrículas, nos los entrega y listo. Hasta dentro de un año no tendremos que volver a pasar la ITV…

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  En Umatata y alrededores viven unas 100.000 personas, pero exceptuando algunos edificios de varias plantas, tiene todo el aspecto de ser un pueblo grande. Para llegar al alojamiento que reservamos ayer mediante Booking, el GPS nos hace un recorrido por su centro. Aparte de que todas las calles están llenas de gente, no hay nada más que nos llame la atención. Tal y como nos habían dicho, aquí no hay blancos. Tanto el que vemos conduciendo una destartalada camioneta, como el que va al volante de un 4×4, de los que cuestan más de 60.000 euros, es negro. Aunque estamos más tranquilos, por lo que nos habían contado el día anterior, casi que esperábamos encontrar en la entrada algún indicador con la siguiente leyenda «Bienvenido a Umtata. Ciudad libre de blancos», o algo parecido.

    Aparcamos a la puerta que da entrada al recinto del Bellagio Lodge, nuestro hotel. Tocamos el timbre, y nada. A través de las rejas de la puerta corredera tampoco se ve a nadie, ni ningún coche aparcado dentro. Insistimos y esperamos unos minutos. De la casa de al lado, sale un coche conducido por una mujer. la hacemos una seña, se detiene, y un poco sorprendida, baja la ventanilla. La contamos nuestra situación, nos dice que tiene un número de móvil de los encargados y amablemente los llama. «En un momento están aquí», nos dice. Media hora más tarde, y con nuestra paciencia tocando fondo, aparece una joven pareja.

   Se nos ha olvidado que estamos viajando por Africa y por nuestros gestos deben notar que estamos un tanto enfadados,. Intentan disculparse por todos los medios. Ayer no miraron las reservas hechas por Internet, no esperaban ningún huésped, habían salido a hacer unas compras y por eso estaba cerrado. Metemos las motos y nos enseñan varias habitaciones. Todas son nuevas, bien decoradas y equipadas, podemos elegir la que más nos guste, parece que seremos los únicos clientes… Y también parece que estaremos solos en el hotel, quiero decir que los encargados no van a pasar aquí la noche. Igual que me ocurrió en Semey (Kazajistán), tenemos todo un hotel a nuestra disposición, incluidas las bebidas del bar de la piscina…Ya que para compensar la espera, y nuestro consiguiente cabreo, nos dicen que el precio de la habitación (76 euros) nos da derecho a «barra libre»…

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   Nos entregan las llaves de la habitación, el mando de la puerta automática del patio, la llave del bar, la de donde están las tumbonas de la piscina…y nos hacen algunas advertencias. Regresar al hotel antes de que anochezca, no salir a la ciudad en las dos motos, mejor en una sola, o mejor que eso, llamar un taxi…Al salir y al volver asegurarnos de que la puerta del patio queda bien cerrada…Afortunadamente no somos dados a las paranoias. Nos dan los números de sus 2 móviles por si necesitamos algo. Les preguntamos que si viene algún otro viajero, ¿qué hacemos? ¿les llamamos a ellos?. Nada, vosotros no dejéis entrar a nadie.

   Por último nos preguntan a qué hora queremos que vengan mañana para prepararnos el desayuno y qué vamos a querer desayunar. Nos despedimos y le digo al chico: «Al final, hasta me vas a parecer un buen tío».

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  Siguiendo con el consejo, salimos en una sola moto. Ahora las calles están casi vacías, toda la gente parece estar en un gran centro comercial. Allí vamos, a comprar un pollo asado y algo de fruta para cenar en el hotel. Inevitablemente, la globalización también llega aquí. Es como todos los centros comerciales y la gente compra las mismas cosas. Se hace raro ver a un africano, que por su indumentaria y aspecto es fácil deducir que pertenece a la clase más humilde, comprando grandes botellas de refrescos, comida ya cocinada y hasta huevos envasados…Y pasamos totalmente inadvertidos, nadie parece reparar en nosotros.

   Queda poco para que oscurezca y toda la gente tiene prisa. Es como si la advertencia que nos han hecho, de volver al hotel antes de que se ponga el sol, sea válida para todo el mundo. Entre unas cosas y otras, cuando volvemos al Bellagio ya es de noche. Aquí nos encontramos con una sorpresa. A la puerta de nuestra habitación, en el suelo, hay una bandeja. En ella vemos una botella de vino blanco y otra de tinto, junto con una nota. Nuestros anfitriones nos piden nuevamente disculpas por tenernos esperando esa mañana,  y nos obsequian con ese regalo para que bridemos por una feliz Navidad. ¿Te ha pasado algo parecido en España, cuándo en un hotel no han cumplido lo que esperabas?, a nosotros nunca.

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  Aquí ya no va a venir nadie, nos aseguramos que todo el hotel está bien cerrado, preparamos la cena, damos cuenta de una de las botellas de vino, y ya «contentos» nos vamos a dormir.

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