* 1988 MARRUECOS

FECHA: Agosto 1988
DURACIÓN: 15 días
KM: 4.300
VEHÍCULO: Bmw K-75S

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Si haces un viaje por Marruecos y no tienes ningún problema importante, lo más seguro es que repitas la experiencia, ese fue nuestro caso.

Para este año nuestro itinerario nos llevaría hasta las mismas puertas del Sahara, bajaríamos hasta Marrakech y luego cruzaríamos el Atlas para continuar hasta Zagora y desde aquí hasta donde se acababa la carretera asfaltada ya que nuestra moto no nos permitía llegar hasta más allá.

A diferencia del año pasado éste nos tocaba viajar en pleno Agosto, esto significaba más tráfico, aglomeraciones en el paso del estrecho, en la frontera y un calor asfixiante.

Salimos temprano de Alba de Tormes y esa misma noche ya dormíamos en el camping de Tánger. Un lugar abarrotado, y flotando en al ambiente un olor a la típica sopa marroquí de tomate, han pasado ya muchos años pero Conchi y yo todavía recordamos perfectamente aquel ambiente.

En nuestro camino hacia el sur coincidimos con otra moto española, una pareja de Cataluña viajaba en una RD 350, unos gestos, una parada, presentaciones…con ellos compartimos el desvío y la visita a las cataratas de Ozoud.

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Las dos motos juntas nos atrevimos con el caótico tráfico a la entrada de Marrakech. Llegar conduciendo una moto a una gran ciudad marroquí al atardecer es una actividad de alto riesgo, todo el mundo entra y sale de la ciudad en los más variados medios, bicicletas, animales, carros, camiones, coches, andando…y claro todo esto da una “vidilla” especial a los kilómetros que recorres en esas condiciones, teniendo en cuenta además que a esas alturas del día el cansancio ya hace mella y los reflejos no están en su mejor momento (los suyos y los nuestros).

Hicimos un poco de anfitriones en la ciudad con nuestros nuevos compañeros de viajes, nuevos y breves ya que solamente compartimos un día con ellos. A la mañana siguiente nosotros seguiríamos en solitario hacia Zagora. La Koutubia, la plaza Jema, la medina…sitios ya conocidos por nosotros del año pasado, pero inevitables en cualquier visita a Marrakech.

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Adentrarte en las montañas significa conocer un nuevo Marruecos, las gentes y los paisajes van cambiando a medida que desciendes. En muchas curvas se apostaban niños con piedras de cuarzo en sus manos haciendo reflejar el sol en ellas para de este modo llamar la atención de los turistas e intentar vender algún recuerdo.

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A medida que avanzaba el día el calor era más intenso, con la pantalla del casco subida el aire quemaba la cara, con la pantalla bajada a los pocos minutos te asfixiabas. Una avispa me dio de lleno en el rostro con el consiguiente aguijonazo, a punto estuvimos de irnos al suelo, desde ese momento intenté ir siempre con la pantalla baja…pero aquello era insoportable, era mejor arriesgarse a recibir otro picotazo.

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En el valle del Draa empezamos a ver los primeros ksares, antiguas fortificaciones hechas de adobe y que se confunden con la aridez del paisaje. Cada pueblo era una excusa para una nueva parada, comprar agua, beber y refrescarnos la cabeza, por supuesto al momento de parar ya estábamos rodeados por mayores y pequeños, en aquellos años todavía no era muy frecuente ver llegar dos extranjeros en moto

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Ourzazatate merece una parada más larga y recorrimos sus calles buscando el frescor de las palmeras. La sola visión del verdor de las orillas del río Draa nos refresca un poco, decidimos parar y darnos un baño.

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Todavía nos quedaban unos cuantos km para Zagora cuando nos sucedió algo inimaginable, si el calor que habíamos soportado hasta ahora nos parecía una tortura, la naturaleza nos tenía reservada una sorpresa. De repente empieza a moverse el viento, el cielo se oscurece un poco y…empieza a llover, “oh, que suerte, que alegría, un poco de frescor…” pero para nuestra desgracia lo que cae no son gotas de lluvia, es agua y tierra, el polvo de la arena del desierto se junta con las gotas de agua y crea una especie de lluvia de barro. A estas alturas ya no sabemos que es mejor, el calor, el viento o esta tormenta de barro que nos acompaña durante unos 10 km. hasta que con la misma rapidez que llegó, se marchó.

El cambio tan brusco de temperaturas entre la calle y el hall del hotel de Zagora, con el aire acondicionado a plena marcha, hizo que casi nos mareáramos, llevábamos más de 9 horas en la moto, en todo el día no habíamos hecho más que beber, casi no habíamos comido y nuestros cuerpos no estaban por la labor de aclimatarse rápidamente al cambio de temperatura.

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Pasear por las calles de Zagora, donde pisas más arena que asfalto, te hace sentir un poco aventurero y que estás muy lejos de casa y a un paso del gran desierto, a donde iríamos al día siguiente. Siguiendo la carretera llegamos hasta el pueblo de Tagounite y con la vista puesta en el horizonte decidimos que algún día tendríamos que cruzar el Sahara ¿Cuándo? No había prisa, el Sahara siempre iba a estar ahí, esperándonos…

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De vuelta a Marrakech, el valle del Draa estaba lleno de Renault 4-L que las agencias de viaje alquilaban a los turistas. Esto era un peligro, europeos que no estaban habituados a conducir  esos coches y que se pensaban que solamente a ellos se les había ocurrido cruzar el Atlas,  por ello eran normales las paradas inesperadas para hacer una foto, ver un paisaje, comprar un fósil…la bocina de la K 75 tuvo trabajo extra.

El marcador de la gasolina indicaba que estábamos en la reserva, pero recordaba que antes de empezar a subir el último puerto había una gasolinera, estaba tranquilo…hasta que llegamos a la misma y no tenían ni gota de gasolina.

-¿la próxima?- preguntamos.

-Después del puerto, al final de la bajada, a unos 20 km- contestó a nuestra pregunta el hombre de la gasolinera.

“Que no cunda el pánico, no hay problema todavía tenemos suficiente, aunque el tema de las distancias en kilómetros no es el fuerte de  estos moritos…” pensaba mientras subíamos el puerto, conducía como si estuviera en un concurso de esos de “mínimo consumo” que las marcas de coches organizan para periodistas, con suavidad, sin acelerones…por suerte coronamos el puerto cuando la moto ya empezaba a fallar.

Una bajada de más 15 km nos llevo en punto muerto hasta la gasolinera que más alegría me ha dado encontar.

Otra parada en Marrakech (en un año habíamos estado más veces en esta ciudad que, por citar una cercana a nuestra casa, en Madrid) y vuelta a España por la carretera del interior, Kenitra, Ifrane,Fez, algún que otro susto con algún animal (de dos y de cuatro patas) que cruza la carretera, Tetuán y Ceuta, un poco de descanso en las playas de Tarifa y se acabó, a casa con la esperanza de que pronto haríamos un nuevo viaje, total un año pasa rápido…

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